Dra. Sandra Peniche Quintal
Un niño de aproximadamente 10 años de edad pregunta a una amiga ¿cuál es tu coche? Y, señalando un Cross Fox, le responde: éste. El niño se sorprende y enoja, y con evidente malestar le dice: Tú no puedes tener ese coche, porque ese coche es sólo para hombres, no para mujeres.
Mi amiga le preguntó que de dónde sacaba esa idea y el niño le respondió que su papá le enseñó que los coches de las mujeres son inferiores y que esa camioneta es para los hombres nada más, que una mujer no la puede manejar ni comprar. Mi amiga le dijo que todos los vehículos los pueden manejar y comprar mujeres y hombres, siempre que tengan el dinero para hacerlo.
Un niño de dos años saca la lengua a su tía y se agarra sus genitales; pasa su otra tía y le saca la lengua. Se le reprende, se le dice que no es correcto, el niño persiste en el comportamiento, se le llama severamente la atención. Tratando de entender su comportamiento, resultó que una tía y una prima de más de 10 años, enseñaron al criaturo ese par de groserías. El padre lo solapa. La abuela dice “pobrecito, él no se tiene la culpa, no lo regañen”.
Otro niño, de 3 años de edad, juega con pistolas, machetes, rifles. Golpea todo lo que encuentra a su paso, rompe lo que se le atraviesa en el camino. La madre lo reprende. El padre hace caso omiso. La esposa increpa al marido y éste le dice que así son los hombres, que lo deje “jugar” porque así se hace hombre.
A otro niño, de menos de dos años y medio, su madre lo sobre estimula enseñándole a ser sexy, para que se mueva o baile agarrándose los órganos sexuales, le enseña sexualizando sus juegos. El padre se ríe con esas manifestaciones.
Muchacho de 17 años amenaza a su madre con matarla si se separa de su padre, quien es un hombre que ejerce violencia psicológica hasta el grado de aterrorizar a la esposa. El padre violento, previamente amenazó a la esposa con romperle la madre, sacándola de la casa, y con actitud de yo no fui, dice al hijo que su madre es la que se quiere ir, que ella es la que no se quiere quedar. El hijo y el padre le exigen a esta mujer que, sin importar lo que haya pasado y lo que sienta, tiene que quedarse y obedecer porque no tiene derecho a romper la familia.
Un muchacho de 12 años golpea y asusta a una niña de 4 años, le mete objetos por la vaginita, la hace sangrar y la amenaza con matar a su mamá y a su gato si dice algo. Días después, el gato está muerto. La niña en el preescolar, llora, se orina, está triste e irritable. En casa todo la asusta, tiene terrores nocturnos. Cuando descubre la maestra la situación, llama a la madre. Le dice que lleve a la niña al psicólogo. La madre duda en decirle al padre y a los padres del niño que es su primo, porque le teme al marido y teme que se desquicie y se haga un problema mayor. Piensa que si le dice a los papás del niño, habrá una ruptura familiar. La maestra no da parte al DIF, la madre lleva a la pequeña para atención médica y psicológica. No quiere denunciar por temor a represalias. Decide divorciarse.
Un hombre joven, alto, corpulento, pendenciero, cuyo juego predilecto junto con sus hermanos y algunos amigos, consistía en esperar que pasara por la calle o por el parque algún muchacho o señor, flaco, debilucho, sin asomo de fortaleza física, para que lo atacaran a golpes y patadas solamente para demostrar que podían más que ese pobre esquelético. Otra de sus características era la flojera y la borrachera y robar a quien se dejara. Al parecer, su buena figura atrajo a refinada dama con quien contrajo nupcias, pese a la advertencia de su familia y amistades que le hicieron ver que era mentecato, flojo, vago, borracho y violento. Aún así, se casaron. Este hombre se vendió bien, pues lo tuvieron que mantener porque el único trabajo que hizo fue engendrar a puros machos y a una hembra. Así, su estirpe lleva la mancha mongólica cual divisa de casta delincuencial. Y como a buen maestro, mejores alumnos, los vástagos salieron con doctorado, unos en violencia, todos en robo, fraude y sedición. La mujer y madre es, simplemente, objeto de uso y abuso, impotente en su soledad, rodeada de conmiseración, llevando la vergüenza a cuesta sin avistar redención.
La enseñanza de la violencia se realiza con particular tesón, minuto a minuto, con cada actitud, con cada palabra dicha u omitida, con cada juego, con cada ejemplo. Todos estos casos son reales. Son los menos graves. Hay peores. Lo que prevalece es la enseñanza activa del machismo, la misoginia, la erotización de los juegos infantiles, la falta de límites, la tolerancia hacia lo que violenta los derechos y la integridad de las personas; se enseña, por tanto, a fortalecer el manto de impunidad hacia las conductas o comportamientos violentos. Se enseña a maltratar a las personas, ya sea porque son mujeres o porque no son el prototipo de hombre alto, corpulento, fuerte físicamente y violento porque les resulta inadmisible que un hombre pueda ser persona, prefieren seguir siendo lo que le sobra al pene.
Esa educación tiene que ser desarraigada, se tiene que crear otra en que las personas se puedan desarrollar y crecer con seguridad y mucho afecto y comprensión.
Don Pedro Góngora lo señala en su artículo de ayer. No podemos permitir que la educación y las políticas sigan en manos de mercaderes. Si usted quiere vivir mejor, sin violencia, empiece por su casa, siga en el trabajo y continúe en su comunidad.